viernes, 1 de julio de 2011

Islas a la deriva



La casa se alzaba en la parte más alta de la estrecha lengua de tierra entre el puerto y el mar abierto. Había aguantado tres huracanes y su construcción era tan sólida como la de un barco. Estaba situada a la sombra de unos altos cocoteros curvados por los alisios, y por la parte del océano bastaba trasponer el umbral y bajar al acantilado y atravesar la arena blanca para encontrarse en la corriente del Golfo. El agua de la corriente tenía por lo general un azul intenso si se la miraba en un día sin viento. Mas, si se penetraba en ella, solo podía verse su verde luz en la arena, de un blanco harinoso, y era muy fácil divisar la sombra de algún pez grande mucho antes de que alcanzase la playa. (...)